domingo, 25 de agosto de 2013

Fernanda

Toma el lápiz de manera peculiar y es zurda. Al bajar la mirada para tomar notas inclina la cabeza hacia el lado derecho en un ángulo casi tan imposible que parece que en cualquier momento su cabeza se desprenderá del cuello y caerá rodando por el suelo de parquét.


Habla poco, y a pesar de que su voz no es estridente se hace escuchar por el ritmo pausado y la tranquilidad con la que habla. Además remata casi todos sus comentarios con un giro ágil o un hilo irónico que podría pasar desapercibido pero saca sonrisas y deja pensando un buen rato a los que escuchan.

El cuerpo menudo, casi el de una bailarina, y tiene la  fortuna de ser de ese tipo de mujeres que aparenta menos edad de la que lleva en el carnét de identidad. Los jeans y las zapatillas Converse ayudan con el look de chica piola: nadie imaginaría que una vez acosó a su artista favorito hasta acorralarlo en un spa y scarle un autógrafo. Pero si uno observa detenindamente debajo de esa cara de niña y el flequillo muy de los años 30 se nota la herencia de féminas dominantes en la familia.

Cuando la observo caminar siempre me da la impresión de que su cabeza va tarareando una canción, es que camina con ritmo, como bailando y como volando.

Historiadora de Arte y después profesora por azar, su vocación está más ligada a las letras, el cine, y si, incluso la televisión, a la que se declara adicta. Adicta incomprendida parece, porque siempre que lo menciona, lo hace con un tono de culpa y disculpa aunque le brillen los ojos de gusto.

Como buena librana, odia la rutina, el estancamiento. La gente cree que los Libra aman el equilibrio pero no es así, la balanza está siempre en movimiento, si se estanca es el caos. El aburrimiento se instala y ella trata de evitarlo a toda costa porque no soporta la idea de terminar haciendo lo mismo el resto de su vida. Después de que me dice esto entiendo porque su color favorito es el morado: el color del cambio y de la transformación continua.

Fernanda se transforma, se re-inventa sin perder su escencia porque esta -la del cambio- es precisamente su escencia. Su arte está en hacer este proceso de manera tan tranquila, tan sin espavientos, que pasa casi desapercibido para los ojos de los demás.

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